“No soltaremos Checoslovaquia aún arriesgando el estallido de la tercera guerra mundial,” manifestó la dirigencia soviética en mayo de 1968, en una reunión secreta. Fue una de las irritadas reacciones que se venían produciendo en la Unión Soviética desde que en enero del mismo ano comenzara en Checoslovaquia la experiencia democratizadora.

La Unión Soviética exigía de su satélite checoslovaco total obediencia, pero en el país centroeuropeo se iniciaban procesos que amenazaban con sacudir el rígido sistema neostalinista. El Kremlin consideraba amenazados sus intereses imperiales en el centro de Europa.

 

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